Dejando anécdotas de hoteles "novatos" aparte (ver entrada 1er día), nos dirigimos a
Puigcerdà, población muy turística por su ubicación cerca de las famosas estaciones de esquí de La Molina y La Masella.
El pueblo tiene una gran plaza pintoresca llena de colores, la Plaza Santa María, presidida por su antiguo campanar dónde se ubica la oficina de turismo. Y está rodeada de muchos restaurantes y bares.
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Plaza de Santa María, Puigcerdà |
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Campanario de Puigcerdà |
También podemos pasearnos por sus tres calles comerciales hasta el ayuntamiento, y contemplar las vistas desde su mirador, así como poder comprar productos de la zona en su mercado ambulante del domingo, eso sí con paciencia por la cantidad de transeúntes.
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Ayuntamiento de Puigcerdà |
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Vistas desde el mirador del ayuntamiento de Puigcerdà |
Y por último podréis disfrutar de un tranquilo paseo alrededor de su gran lago, admirando las casas señoriales de la burguesía catalana que lo rodean (la mayoría reconvertidas en alojamientos turísticos).
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Casa señorial, Puigcerdà |
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Lago de Puigcerdà |
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Lago de Puigcerdà |
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Lago de Puigcerdà |
Próxima parada:
Llívia, a unos 4km de Puigcerdà, y el único pueblo de España con la peculiaridad de ubicarse tras la frontera francesa. Y aquí la explicación (Ref. www.tierrasinsolitas.com):
En 1659, mediante el Tratado de los Pirineos, España cedió a Francia 33 pueblos de las comarcas catalanas del Vallespir, Capcir, Conflent, Rosellón y Alta Cerdaña que hoy forman, junto con Fenolleda, el departamento francés de Pyrénées-Orientales. Llívia quedó fuera de éste tratado por ser una villa, privilegio concedido por el Emperador Carlos V.
Una vez llegados a Llívia, por el sol tremendo que hace, desistimos en subir hasta el castillo, aunque sólo quedan pocos restos y una esplanada, las vistas desde ahí seguro que valen la pena.
Al ser hora de comer, buscamos el restaurant
La Calèche, dónde hemos reservado mesa. Después de un buen rato buscando por culpa de la mala indicación de un habitante y porque en Trip la dirección es errónea, no es Calle del Forn, sino Travessera del Forn. Desde la iglesia, seguid la pared exterior de piedra hasta una bajada, y justo a la próxima manzana a la derecha, se encuentra La Calèche. Con una llamada al dueño y algo de paciencia, ¡por fin llegamos!
El restaurant es íntimo con unas 8 mesas, y con decoración típica de montaña en invierno, muy lograda. El local lo regenta una familia, y todos contribuyen, hasta el hijo menor que ayuda en las tareas de camarero, y lo hace estupendamente con una sonrisa y muy educado. El dueño muy amable y atento también, nos explica que la carta trata de platitos para compartir y que se preparan al momento por su mujer (la cual se la percibe en cocina muy concentrada en su tarea).
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Restaurant La Calèche, Llívia |
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Restaurant La Calèche, Llívia |
Como resumen anticipado de nuestra experiencia en
La Calèche, os puedo confesar que fue todo un subidón de sabores, una experiencia gastronómica excepcional, la que los amantes de la cocina casera de alto nivel buscan, y el resultado de la entrega de toda una familia volcada en hacer que el cliente viva un momento de placer increíble a través de unos platos elaborados con originalidad con una mezcla de sabores auténticos que combinan a la perfección, un producto fresco de la huerta o hecho por ellos mismos con sumo cuidado de preservar o perfeccionar su sabor original.
Nosotros somos unos de esos amantes en busca de felicidad gastronómica, y por desgracia, locales como
La Calèche son escasos, por lo que cuando encontramos uno, se convierte en un recuerdo inolvidable, esperando poder volver muy pronto para recrearnos en "este orgasmo gastronómico" que nos ofrecen desde el entrante hasta el postre.
Y empezamos por un vermouth casero, ¡buenísimo! Nos dejan una pequeña botella de cristal para servirnos a nuestro antojo, y podéis llenar 4 copas perfectamente. Luego nos traen un pan de leña que huele fenomenal y mejor sabe aún con tomates y aceite para untar, si se desea.
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Vermouth casera, La Calèche, Llívia |
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Carta del Restaurant La Calèche, Llívia |
Tras investigar la carta, nos decidimos por probar unos 5 platitos, número recomendado por el dueño, y no tardamos en poder degustar las patatas bravas, especialidad de la casa. ¡Y madre mía, pero qué patatas bravas! ¡las mejores probadas sin duda!
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Patatas bravas, La Calèche, Llívia |
Primero, la textura de la patata en su punto, y luego la salsa nada que ver con la típica salsa picante, sino que se trata de una mayonesa ligera con una salsa de ñoras por encima con su característico intenso sabor, ¡qué combinación más espectacular! parecerá algo sencillo, pero es una idea jamás vista en otro sitio, y desde luego que volveríamos sólo para volver a comerlas.
Y ya llega el tatin de foie micuit, mandarina confitada y ensalada de jamón de pato. El dueño nos explica su elaboración, y que preparan el foie ellos mismos, habiendo hecho una nueva versión del que suelen ofrecer para untar con pan de especie. Este se debe cortar en vertical como si de un suave pastel se tratara acabando con su galleta crujiente debajo y dejar que todo se mezcle en la boca delicadamente. ¡Uf, un placer para las papilas gustativas, creedme! Os puedo asegurar que probamos foie en todas partes, ¡pero éste está de lujo! porque con este sabor único, ninguno. El mejor para nosotros. La ensaladita de jamón de pato, también muy rica con su deliciosa vinagreta, y no hablemos del emplatado muy vistoso.
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Foie micuit, mandarina confitada, y ensalada de jamón de pato,
La Calèche, Llívia |
Y ahora pasamos al huevo a baja temperatura, butifarra blanca y pisto natural. Unos productos sencillos pero con una elaboración muy esmerada, sólo con deciros que el huevo se cuece unos 40 minutos a baja temperatura. La presentación resulta sorprendente en una copa. Y lo mismo que con el foie, nos recomiendan probarlo sin mezclar sino tomando una pequeña porción de cada producto a la vez en la cuchara.
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Huevo a baja temperatura, butifarra blanca
y pisto natural, La Calèche, Llívia |
Sabéis cuando probáis un fruto recién recogido del árbol, este sabor tan intenso a frescura, verdura, olor a naturaleza sana ¡Pues eso!
Una explosión de sabores en la boca que deja hasta perplejo porque uno puede pensar que son productos de toda la vida, lo más sencillo del mundo, pero cuando se cocinan en su punto y se entrelaza el sabor de cada uno, resulta un plato exquisito, y desde luego muy interesante como nos dice el dueño.
Y listos para el siguiente menjar: sepia en láminas y verduritas (no recuerdo el nombre exacto), muy rico también.
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Sepia con verduritas, La Calèche, Llívia |
Y pasamos a un final con fuegos artificiales: el canelón de rustido de pintada, toffee de foie y aroma de trufa. Esto no podéis dejar de probarlo, porque es increíble. Primero nos explican la elaboración del aceite de trufa, del cual el dueño añade una gotitas por encima del canelón, y nos deja degustarlo en intimidad, lo que hacemos de modo religioso, dejando escapar un pequeño gemido de placer, porque es imposible retenerlo. Con eso os lo digo todo.
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Aceite de trufa, La Calèche, Llívia |
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Canelón de rustido de pintada, toffee de foie
y aroma de trufa, La Calèche, Llívia |
Y aunque nos sentimos muy satisfechos, no podemos resistirnos a probar algún postre. El elegido es la piña colada desestructurada, y el helado de fresa. Los postres resultan buenísimos, y el helado ayuda a digerir todos estos platitos de puro placer.
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Piña colada desestructurada, la Calèche, Llívia |
La cuenta nos sale por unos
88€ para dos persona. Ha sido una experiencia increíble, nuestras felicitaciones a la Chef, y gracias a toda la familia que nos ha deleitado con su trabajo y pasión por la cocina. Y sí puede que los precios parezcan algo altos quizás, pero os aseguro que el trabajo y la inversión en la calidad de los productos que hay detrás de cada platito, bien valen este precio.
Nosotros nos sentimos muy afortunados de haber encontrado este pequeño paraíso gastronómico, y sin duda, en cuanto podamos escaparnos otra vez por la zona, repetiremos la experiencia probando más platos deliciosos de La Calèche. Les deseamos que sigan así de excepcionales y que los clientes sepan apreciar tales manjares para que locales así puedan durar para siempre.
Os recomiendo reservar con antelación porque es de tamaño reducido, y por lo que vimos, no suelen doblar mesa, y menos si unos se presentan tarde y en grupo. Y en agosto, iban a estar completos.
Y con el estómago lleno y feliz, nos damos una vuelta por Llívia para bajar la comida.
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Llívia |
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Llívia |
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Llívia |
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Llívia |
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Llívia |
¡Y hasta la próxima!
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